La normalidad que usé para enterrar la facilidad
Son las 19:19 del 19 de enero de 2023.
Hoy me he dado cuenta que alguien que nació en 2006 está a punto de cumplir 18 años.
Hoy me he dado cuenta de que YO estoy a punto de cumplir 28 años.
Hoy me he dado cuenta de que llevo años enterrando en el jardín de atrás la primavera.
Me aprieta el top del gimnasio. La realidad es que me incomoda pero la pereza de cambiarme dos veces me hace aguantar esta incomodidad. Esto no es muy sí a mí de mi parte.
Bebo agua en una copa de cristal hecha a mano que mi padre heredó.
Esto sí me gusta.
Cierro los ojos y percibo a mi alrededor algo que no entiendo. Que no lo entienda no significa que no lo pueda percibir.
De niña amaba hacer collage. Ahora no hago collage. Yo soy un collage.
La reina del lujo y la incomodidad. Pasar frío desvistiendome: No. Abrir el mueble con llave, agacharme, sacar la última copa, la grande y fina, limpiarla y servirme agua: sí.
Un día buscando recortes en una revista dominical de El País encontré una frase “lo que ves lo tienes”.
La incoherencia me da igual. Estoy diciendo sí a mí lo máximo que sé aquí y ahora.
Recuerdo que cómo mi cuerpo se encendía mientras leía una y otra vez esa frase. Una reconoce cuando hablan de ella.
Por aquel entonces me gustaba rescatar CDs que mi papá no usaba y usarlos de lienzo.
Abro la puerta del jardín trasero y salgo.
Los guardaba en una caja. Busqué uno que me fascinaba. Era un montaje de papeles de seda de colores diferentes y encolados. Brillaba. Pegué el “lo que ves lo tienes” en el centro y lo puse en la puerta de mi cuarto para verlo cada vez que abriera la puerta.
Desde el marco de la puerta me asomo, miro una montaña de tierra.
El polvo se levanta mientras el ruido de las máquinas para.
Veo un jardín florecer en un mundo donde el esfuerzo y lo difícil es premiado.
Ese mismo jardín florecía años atrás entre palabras de méritos y lucha. De selomerecía’s y luchómucho’s. Las flores nacen esquivando los tuvosuerte’s y los levinoregalado’s.
Me acaban de avisar. Las obras se paran. No hay nada que hacer.
Digo adiós a los chiquillos con un abrazo. La verdad es que no nos volveremos a ver. Ya no los necesitaré más. No podemos seguir escondiendo las flores. Lo intentamos por años, pero no, no se puede.
¿Cuánta energía hemos gastado tratando de parecer esforzados?
Un regalo que parecía una maldición: desear y que suceda fácil.
Sí, se acabó.
Me despido de ellos con la mano. Arrancan el camión lleno de palas y arena. Uno de ellos llora. No sé si de alegría o tristeza. No me imaginé que funcionaba así. Pero sí.
La primavera es imparable.
Formé este equipo para aplastar la facilidad inaplastable, fue una forma de decir sí a mí en ese momento. No sabía cómo hacer frente a ser diferente.
Últimamente ya no me escondo: todo lo que deseo sucede.
Fácil. Sin esfuerzo. Sin mérito y tontamente.
Hoy sé que todos somos diferentes. No hay cómo, ni de qué escapar.
Acabo de borrar un párrafo entero en el que te cuento todo lo que la Vida me ha materializado sin ningún esfuerzo. Pero pa qué. Vas a justificarlo con cualquier excusa mental. La verdad es que no, no tienen justificación. Siempre me pasa: yo deseo, sin más, sucede.
El río siempre desemboca en el mar.
Los deseos no son problemas a resolver. Son avisos de lo que está llegando. Son recordatorios de a lo que tú has venido.
Años atrás agarré toda mi facilidad y la enterré donde nadie pudiera verla, y me vestí de esfuerzo y sufrimiento. Y eso a la potencia del Universo le da igual. Las flores brotaban sin importar cuánta arena, sal y ácidos tirara encima. El equipo de obra que contraté me avisó: no se puede parar. Esto es imparable.
Puse más esfuerzo, más lucha, me compliqué todo lo que pude. Quería que todo el mundo pensara que merecía. La verdad es que no merezco nada. No merezco ni respirar. Merecer no existe. Merecer son los padres castigándote con 5 años sin postre y diciendo “no te lo mereces no te has portado bien.”
Suena el teléfono.
Vaya… Se acaban de encontrar a merecer en el saco de arena que va en el camión de mis amigos los de la obra. Les he animado a no dar la vuelta. Les he pedido que lo tiren en algún cementerio. Quizás allí es donde deba estar.
Ahora respiro sentada en el suelo.
Mis brazos envuelven mis rodillas y dejo caer la frente sobre estas.
Huelo mi pecho. Huele a libertad.
Ya no necesito tener razón, solo seguir jugando con el deseo y la Vida.
Ya no necesito merecer, me limito a elegir sin límites.
Me deshago y miro el sol pasar entre las hojas del naranjo cuyas hojas bailan felices al ritmo del viento. ¿Cuánto tiempo estuvo escondido bajo los escombros? Me responde que da igual. Que antes o después iba a volver el azahar.
Sí.
La primavera es imparable.
¿Cuánta más facilidad puedo reconocer que soy y que trato de frenar para ser normal?
¿Cuánta energía estoy usando para formar parte de la sociedad del drauma?
¿Cuánto más tiempo voy a seguir frenando la primavera?
¿En cuántas áreas de mi vida estoy frenando la primavera por ser normal?
¿Qué pasaría si dejara de esforzarme en ser normal?
¿Y si reconozco la facilidad de mi existir?
Con amor,
Rosa.
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Te dejo la canción que me tiene flipando esta semana. Un argentino de 2006 que sa ganao mi cora por su dedicación. Substack no me deja integrarlo como siempre así que te lo dejo en forma de botón bajo estas líneas.



Huelo mi pecho. Huele a libertad.
Ya no necesito tener razón, solo seguir jugando con el deseo y la Vida.
FRASE COPIADA EN MI LIBRETA
Boom, Gracias....Gracias...yo no se como sucede pero te leo y las cosas estan en el momento exacto, tus palabras son inspiración y me llenan de energia.